Mikaela giró la llave en la cerradura con una mezcla de agotamiento y culpa. En cuanto entró, el silencio del apartamento la golpeó como un reproche. En el comedor, la mesa estaba impecablemente servida; las velas, recientemente apagadas, aún dejaban escapar un hilo de humo gris que se perdía en la penumbra. Se dio cuenta, con un vuelco en el estómago, de lo tarde que era. El mundo de Vanguard, con sus estrategias y sus pasillos estrechos, la había succionado por completo, haciéndola perder la