Mikaela salió del ascensor arrastrando los pies, sintiendo que el cerebro le pesaba más que el bolso. Lo único que quería era llegar a su apartamento, ponerse el pijama más viejo que tuviera y olvidarse de que el apellido Blackwood existía. Había sido un día eterno, de esos en los que sientes que has dado el mil por ciento y, aun así, parece que no es suficiente.
Se detuvo un segundo frente a los cristales de la entrada, solo para comprobar que seguía viva.
«Vaya cara, Miki», pensó, viéndose la