El silencio de la habitación era denso, de esos que solo se sienten cuando la ciudad aún no ha terminado de despertar. Mikaela llevaba un buen rato con los ojos abiertos, observando cómo las primeras luces grises de la mañana se filtraban por las rendijas de las cortinas. No había podido conciliar muy bien el sueño; aun sentía una leve presión de dolor en su muñeca vendada.
Se giró con cuidado para no hacer ruido. Daryl dormía boca abajo con la espalda descubierta, una extensión de piel cálida,