Dos días después luego de desayunar y entrenar por cuarenta minutos -por su petición no por mi exigencia– terminé acompañándola a la cita con el oncólogo. Me sentía realmente nervioso y dudaba ser una buena compañía pero me alegraba que Lía hubiese contado conmigo para algo tan importante, así que por nada del mundo me negaría.
El doctor Braxton era uno más de la camada de médicos a bordo del caso de Lía. Ella estaba nervioso, era obvio, y se encogía bajo el sueter de cuello alto y manga larga