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Crisálida no permitía que el polvo se mantuviese en aquella olvidada habitación, aún así nada estaba en otro sitio que no fuese el que le había dado yo misma hacía años. Mis libros de leyes, también de cultura general, otros pocos de romance y un pequeño sector de poesía puesto que los demás estaban más cerca de mí, en mi recámara.

Caminé dentro con lentitud pero no por mi enfermedad, sino porque admiraba todo ahí, como si fuese la primera vez que entraba, y de hecho así se sentía, sólo que incluía una paz que hacía mucho no sentía.

Las cortinas eran delgadas y de un tono amarillo suave, dejaban pasar la claridad a través de las ventanas, el escritorio de roble, que una vez perteneció a mi padre y había sido restaurado para mí tras graduarme, sobre él habían tres pilas de documentos, me acerqué hasta acariciar la silla de cuero no tan grande pero realmente cómoda en la que pasaba horas sin siquiera ser consciente, sólo concentrandome en lo que tanto me gustaba. El computador había
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