El aire en la oficina de Leona Vélez era tan denso como un veredicto sellado. Olía a café fuerte y a verdades que dolían más que cualquier sentencia. Céline se sentó al borde de la silla de cuero, con las manos entrelazadas sobre las rodillas, sin maquillaje y con el rostro demacrado por las noches de insomnio. A su lado, Delmont revisaba documentos desde una tablet, imperturbable pero atento.
—El abogado de Kilian no se presentará —anunció Leona sin rodeos, dejando caer un expediente sobre la