El lago había quedado atrás, pero la brisa fría aún se sentía en la piel de Céline cuando cruzó el umbral de la casa familiar, donde todo estaba preparado para recibir a quienes venían a presentar sus respetos. La recepción era sobria, elegante, silenciosa: una sala amplia con luz cálida, cortinas pesadas, muebles antiguos. Un retrato de Kilian presidía el salón sobre la chimenea, flanqueado por arreglos florales en blanco y verde. Todo estaba en su lugar. Todo, menos Céline.
Apenas entró, la