Kilian —o Sebastián, como debía recordarse a sí mismo cada mañana— caminaba solo por la orilla de la playa. El viento le azotaba el rostro con un dejo de sal y libertad. La villa quedaba atrás, imponente pero vacía. Alina se había marchado, con la excusa de resolver asuntos pendientes del cierre del Instituto Renn. Le había dicho que serían unos días, que aprovechara para descansar, reconectar consigo mismo. No lo dijo, pero él lo sintió: lo estaba dejando a prueba.
Y, para su sorpresa, no