Kilian , despertó con la luz del sol filtrándose entre las cortinas. No supo si era temprano o tarde. En Kalliste no había relojes. Tampoco tiempo real. Solo esa calma flotante, sin forma ni urgencia. La habitación parecía recién estrenada: sábanas estiradas, una bandeja de desayuno sin tocar, una tablet encendida sobre la chaise longue. Todo preparado para un día perfecto que no le pertenecía.
La pantalla mostraba una rutina mínima: respiración, desayuno, lectura, movimiento corporal. Todo sin