Clarisse había llevado a Céline de regreso a casa casi a la fuerza. Desde el momento en que la encontró en el muelle, supo que su hija no estaba simplemente triste. Estaba quebrada, desconectada de todo lo que la rodeaba. No hablaba. No lloraba. No reaccionaba.
La ayudó a quitarse el abrigo, a cambiarse de ropa, a recostarse. Le preparó una infusión, pero Céline no bebió más que un sorbo. Se limitaba a mirar el techo, como si allí hubiera una grieta capaz de explicarle lo que acababa de perder.