La mañana siguiente fue distinta. Kilian salió temprano no fue a la empresa. Tenía una reunión con el único hombre que sabía toda la verdad: Dorian Zeller, su abogado de confianza y el arquitecto legal detrás de su desaparición.
Se vieron en una oficina temporal, discreta, en un edificio sin letrero. Allí, sobre una mesa metálica, había carpetas clasificadas, pasaportes provisionales, y documentos con firmas ya impresas.
—No podemos seguir moviendo el dinero por transferencias —dijo Dorian sin