Céline no recordaba haberse sentido tan ligera en meses. Había recuperado a su esposo, a su familia. Cada gesto de Kilian era tan preciso, tan tierno, tan presente, que ni siquiera su instinto —tan agudo en otros tiempos— se activaba.
Esa tarde, después de un almuerzo con proveedores, subió a su despacho con una sonrisa aún fresca en el rostro. Pero apenas cruzó la puerta, la esperaba una sorpresa: dos miembros del departamento de finanzas estaban allí con carpetas en la mano y rostros tensos.