Kilian despertó sin saber qué hora era. La luz entraba suave por las cortinas del cuarto de invitados, iluminando una habitación que no tenía historia con él. No había fotos. No había libros. No había aroma de hogar.
Solo él. Solo silencio.
Tardó un momento en recordar dónde estaba. Luego lo sintió: el colchón más firme, la ausencia del calor que solía buscar con los ojos cerrados.
Céline no lo había buscado.
No bajó durante la noche. No tocó la puerta. No preguntó si estaba bien.
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