Kilian cerró la puerta del baño sin hacer ruido.
Se apoyó un momento contra la madera, desnudo, con los músculos aún tensos, como si el deseo interrumpido no supiera todavía que ya no tenía permiso. La humedad de su piel no era solo sudor. Era impotencia. Era rabia. Era vergüenza.
Abrió el grifo y dejó correr el agua caliente. Entró bajo el chorro con los ojos cerrados. El vapor le nubló la vista, pero no los pensamientos.
¿Qué me pasa?
Apoyó ambas manos en la pared de mármol. Golpeó c