El vuelo de regreso a Belvaronne había sido una pesadilla. No por la turbulencia, sino por el asedio. En Kalliste, la prensa se había apostado desde la madrugada, cámaras y micrófonos extendidos como cuchillas. Celine y Matthias habían tenido que atravesar un cerco humano de flashes, preguntas ofensivas y titulares que los seguían como un enjambre.
Ni siquiera al aterrizar tuvieron paz. El aeropuerto de Belvaronne los recibió con más caos, más cámaras. La seguridad privada de la familia Valtie