El jardín florecía con una exuberancia desbordante: lavandas agitadas por el viento, madreselvas trepando los muros, un perfume dulzón impregnando el aire. Pero ella no lo veía. Madeleine Blake permanecía inmóvil, ajena a los colores y aromas, como si el mundo hubiese perdido todo significado para sus ojos. Sentada en el diván del ala este, parecía más un retrato antiguo que una mujer viva. Clarisse y Solange se habían turnado para acompañarla desde que llegó a la mansión Valtieri y se desmayo,