Llevaban poco más de un día en Lucca, y el ritmo apacible de la ciudad parecía haberle hecho bien a Sebastián. Caminaban por las murallas antiguas al atardecer, mientras los rayos dorados del sol acariciaban los tejados rojos y las torres medievales. El aire olía a ciprés, a pan recién horneado y a algo más difícil de describir: tranquilidad.
—Este lugar es hermoso —comentó él, observando cómo unas golondrinas cruzaban el cielo sin prisa—. Podría vivir aquí... si tan solo tuviera el mar más ce