La abstinencia había sido brutal.
Los primeros días lo dejaron temblando, con migrañas punzantes, insomnio y un vacío tan cruel que ni el mar, ni el viento salino, ni siquiera su barco lograban calmarlo. Kilian —o mejor dicho, Sebastián— se convirtió en una sombra aún más pálida de lo que ya era. Una figura que transitaba sin dirección, aferrado a una rutina que no lo sostenía.
Pero Alina no se inmutó. Sabía lo que hacía. Había tratado casos peores, leído suficientes manuales clínicos y estu