El silencio de la cabaña solo era roto por el crujido tenue de la leña al consumirse. Afuera, la noche envolvía el paisaje con una quietud casi dolorosa.
Kilian soltó un suspiro largo, como si llevara horas guardando aire.
—A veces… —murmuró sin mirar a Alina— a veces solo quisiera desaparecer. De todo.
Alina no respondió de inmediato. Se tomó su tiempo. Se acercó al sofá donde él estaba sentado, todavía con la camisa abierta, el pecho expuesto a la brisa tibia del fuego.
Se sentó a su