Nos quedamos abrazados. Yo acariciaba su cabello en silencio, simplemente haciéndole saber que estaba ahí para él, mientras ambos procesábamos todo lo que acababa de pasar.
—Deberíamos salir del agua antes de que se enfríe —dije, levantando la cabeza para mirarlo.
Ya estaba más relajado; aunque tenía los ojos rojos, las lágrimas habían desaparecido.
—Oh… —una pequeña sonrisa se le asomó—. Estas bañeras no dejan que el agua se enfríe.
Movió un control en la pared.
—Qué tecnología, ulalá —bromeé.