Abrí los ojos, asustada, «comisaría de qué o qué… Ahora, ¿qué fue lo que hicieron? ¿Será grave?», pero no me moví, para ver si escuchaba más.
—Yo estoy con Aurora, ¿quieres que vaya?… ¿Y el trabajo? —Se escuchaba la voz del hombre, pero no lo suficiente para distinguir lo que decía—. Sí, entiendo, entonces saldré ya…
Estoy bien… no te preocupes por mí.
Lo entiendo, papá. Te pido disculpas por esto; yo lo solucionaré.
Colgó y cerré los ojos, haciéndome la dormida, para no pasar por chismosa.
Dante soltó una carcajada.
—Cariño, sé que escuchaste la llamada.
Abrí un ojo para verlo reír más. Sin darme tiempo de pensar, se abalanzó encima de mí, apoyando su cabeza en mi cuello y besándome.
Puso sus manos en la cobija y fue bajando por mi cuerpo hasta debajo de mis pechos.
Sentí cómo mis pezones se erizaban. Mientras seguía besando mi cuello, posó su mano en ellos y los empezó a acariciar; los pellizcó un poco.
—Duele —dije, ya sin poder fingir más.
Dante levantó la cabeza, sonriendo.
—M