El calor en la habitación era asfixiante y el deseo se había vuelto algo tangible entre los dos. Cada vez que bajaba, el peso de mis pechos me recordaba lo sensibles que estaban, doliendo con cada pequeño movimiento de forma deliciosa.
No hacía falta decir nada; el rastro de mi propia excitación era evidente, cayendo de forma inevitable hasta mojar el suelo. Dante soltó un gruñido profundo al ver la humedad que emanaba de mí mientras yo seguía concentrada en él.
Sus dedos se enredaron con más fuerza en mi pelo sin hacerme daño, obligándome a ir más profundo mientras sus caderas daban pequeños golpes.
—Eres perfecta… —Susurró con la voz cargada de una lujuria salvaje, disfrutando de cómo mi cuerpo se deshacía frente a él.
En un momento, cuando ya parecía que había encontrado un ritmo cómodo, sus manos se cerraron con firmeza a los lados de mi cabeza.
—Respira profundo—Me empujó hacia él, llevándome hasta el fondo lentamente, reclamando todo el espacio disponible.
El aire empezó a falt