El calor en la habitación era asfixiante y el deseo se había vuelto algo tangible entre los dos. Cada vez que bajaba, el peso de mis pechos me recordaba lo sensibles que estaban, doliendo con cada pequeño movimiento de forma deliciosa.
No hacía falta decir nada; el rastro de mi propia excitación era evidente, cayendo de forma inevitable hasta mojar el suelo. Dante soltó un gruñido profundo al ver la humedad que emanaba de mí mientras yo seguía concentrada en él.
Sus dedos se enredaron con más f