Nos sentamos a esperar.
Llevábamos media hora y no salían.
Todo estaba en silencio.
«¿Irme es una opción? ¿Por qué esperamos?
Ya fue lo suficientemente incómodo, y no creo que tengan ganas de estar juntos más tiempo».
—¿Y si nos vamos? —dije.
Al segundo, se abrieron las puertas.
Salieron Renzo y el padre de Dante.
Nos sonrieron.
—Perdón por la demora. Obvio, yo invito a la cena.
—¿Y luego quién pensabas que la iba a pagar? —dijo mi tío, tratando de aligerar el ambiente.
—Da