Federico se volvió un obsesivo.
Aunque ya no se presentaba directamente ante mí, en cada lugar adonde iba, él me seguía.
Suspiré.
Sabía que, si seguía así, no tendría paz.
Por eso decidí volver antes de tiempo a casa.
Durante el trayecto, evité cruzarme con él y, al final, llegué a mi nueva residencia en Suiza. Ya tenía una nueva dirección y un nuevo número de celular, pero aún así Federico me encontró.
Él se plantó en mi puerta, demacrado.
Cuando me vio, los ojos le brillaron con alegría.
—Cam