Al llegar a Suiza, dejé todo atrás.
Decidí no volver a pensar en Federico ni en el pasado. Me dediqué a cuidar mi cuerpo y, de paso, a viajar.
Esos paisajes me deslumbraron y el aire puro me tranquilizó, así empecé a sentir paz. Recorrí los Alpes y me asombró la grandeza de sus cumbres nevadas.
Caminé junto al lago de Lucerna y disfruté su calma. También fui a Zúrich, una ciudad dinámica y próspera.
En ese recorrido descubrí la belleza del mundo y empecé a entender qué quería de la vida.
Entendí