Aquella mañana me encontré con el hombre que me había disparado la noche anterior, acompañada por Díaz y Felipe. No lo reconocía; estaba arrodillado, con las manos esposadas. Jamás imaginé que viviría algo así. Ni siquiera había pasado por mi mente la posibilidad de recibir un disparo, y mucho menos la de enfrentar y juzgar a la persona que había intentado matarme.
—Entonces, ¿fuiste enviado por Lucía? —le pregunté al hombre.
El sujeto parecía tener poco más de treinta años. Tenía una herida en