Aquella mañana me encontré con el hombre que me había disparado la noche anterior, acompañada por Díaz y Felipe. No lo reconocía; estaba arrodillado, con las manos esposadas. Jamás imaginé que viviría algo así. Ni siquiera había pasado por mi mente la posibilidad de recibir un disparo, y mucho menos la de enfrentar y juzgar a la persona que había intentado matarme.
—Entonces, ¿fuiste enviado por Lucía? —le pregunté al hombre.
El sujeto parecía tener poco más de treinta años. Tenía una herida en el pómulo y no se atrevía a mirarme a los ojos.
—Sí —respondió de forma breve.
—¿Sabes por qué intentó hacerme daño? —pregunté de nuevo.
—Por un hombre.
Seguramente se refería a Matteo. No sabía qué había ocurrido entre Matteo y Lucía después de que yo me marchara. Matteo no logró encontrarme; nos habíamos visto fuera y dijo que quería llevarme de regreso. En cambio, Lucía sí descubrió dónde estaba y trató de lastimarme.
—Parece que Matteo y ella discutieron —intervino Díaz.
Asentí, confirmando