Celeste.
Las horas pasaban con una lentitud cruel, la piedra bajo mi cuerpo seguía tan fría como la desesperación que se filtraba en mis pensamientos.
No había salida.
Había probado todo lo que tenía a mi alcance, hasta el hierro de mi cinturón, pero nada sirvió para abrir esa estúpida puerta.
Me encontraba sola, mirando la pequeña ventana por la que se asomaba la luna, y dándome cuenta de que faltaba muy poco para el amanecer.
¿A cuántos había matado Kael?
¿Marcela… Oliver… Damián?
Negu