Kael.
Tumbaron la puerta de mi oficina y me sobresalté. Damián estaba agitado, como si hubiera corrido un maratón.
—¡Se han llevado a Celeste! —exclamó, con los ojos aguados—. ¡Fue ella!
Dejé el lápiz de lado y me levanté con molestia. Empujé el escritorio para caminar hacia mi hermano y recibir información.
¿Se habían llevado a Celeste?
—¡¿De qué hablas?! —Tensé la mandíbula.
Damián tuvo que calmarse para poder hablar, porque sus jadeos lo hacían imposible. Mi corazón estaba latiendo sal