Kael.
Amanecía.
El cielo apenas comenzaba a pintar tonos rosados sobre los pinos, y la cabaña estaba sumida en un silencio que podría haberse confundido con paz… si no fuera por dos detalles cruciales:
Uno: Sienna y Kenzo lloraban. A dúo. Sin piedad.
Dos: El olor.
—No… por la diosa, no —murmuré, incorporándome lentamente desde el sofá con la expresión de quien acaba de recibir un castigo divino.
Me acerqué a la cuna. Confirmado. La sincronización era perfecta: ambos estaban despiertos, ambos c