Celeste.
El sueño comenzó como un susurro.
No había ruido, peso, o dolor. Solo una brisa suave que me acariciaba el rostro y el aroma dulce de flores silvestres flotando en el aire.
—¿Hola?
Sin respuesta.
Un sentimiento agradable me acompañaba. Sabía que no estaba en peligro en ese lugar.
Estaba descalza, caminando sobre un campo interminable de colores: amapolas, lirios, margaritas, flores que no conocía pero que parecían salidas de un cuento. El cielo era de un azul tan claro que dolía mi