Celeste.
Subir a esa tarima con Kael fue como subir a un altar invisible. No había flores ni incienso, pero el aire estaba cargado de algo sagrado. Algo que no se podía ver, pero que se sentía en la piel: respeto, esperanza, y una calma que no habían tenido en años.
Kael me ayudó a subir con una mano firme, y cuando estuve a su lado, la música se detuvo. El DJ, atento, bajó el volumen con rapidez al ver al alfa de pie frente al micrófono. Las conversaciones se apagaron una a una, como velas so