Luther.
Había pasado un mes.
Treinta días sin sombras persiguiéndome. Treinta días sin Malzahar susurrándome al oído como un parásito disfrazado de aliado. Desde que rompí aquel pacto infernal, sentía que algo dentro de mí se había acomodado. Como si los huesos mismos de mi alma, antes fracturados y fuera de lugar, por fin hubiesen encajado.
Por primera vez en décadas, todo marchaba bien en mi vida y no pensaba arruinarlo.
Mis pasos por el territorio ya no eran recibidos con miradas agachadas