El departamento de Alejandro estaba en penumbra cuando entraron. Solo una lámpara de pie arrojaba una luz cálida sobre el salón. Eva se dejó caer en el sofá sin siquiera quitarse los zapatos. Alejandro cerró la puerta con cuidado, como si el más leve ruido pudiera quebrarla por completo.
—¿Quieres agua? ¿Algo de comer? —preguntó desde la cocina.
—Solo… quédate —susurró ella, sin levantar la vista.
Él no insistió. Tomó asiento a su lado y se inclinó hacia ella, sus ojos buscando los suyos.
—Dime