Los días pasaron, y la vida en la mansión de los Montenegros se tornó más complicada. La pérdida de Francisca había dejado un vacío, y todos estaban lidiando con sus propios demonios. Eva y Gabriel se preparaban para su boda, pero la sombra del pasado seguía acechando.
Un día, mientras organizaban los detalles, Ben entró en la habitación, su expresión seria.
— Señor, hay algo que deberías saber — dijo, su voz grave.
Gabriel y Eva se miraron, sintiendo que la tensión aumentaba.
— ¿Qué pasa?