Al salir al pasillo, las luces del hospital parpadeaban de manera tenue, y Eva sintió que el aire se volvía más pesado. La angustia por Gabriel y el dolor por la pérdida de Francisca la abrumaban, y sabía que debía ser fuerte.
Eva respiró hondo antes de abrir la puerta de la habitación del hospital. El aire estaba impregnado de un olor a desinfectante, y un silencio inquietante la envolvía. Al entrar, su corazón se detuvo por un instante al ver a Penélope acostada en la cama, pálida como la l