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El salón estaba encendido de alegría. Las luces resplandecían como estrellas cercanas, los murmullos se entrelazaban con risas, y la música aún mantenía viva la euforia del momento. Eva y Gabriel danzaban como dos enamorados recién nacidos, y los invitados seguían brindando por el amor, por la familia, por todo aquello que daba sentido a la vida.
Pero entonces, la atmósfera vibró de una manera distinta.
Gael entró al salón de la mano de Penélope. Ella tenía el cabello algo revuelto, los labios