Al día siguiente, el sol se filtró por las cortinas con una delicadeza de cuento. Eva y Gabriel empacaban sus maletas en silencio, sonriendo de vez en cuando al recordar la noche anterior.
Los amigos les dieron una despedida ruidosa, entre abrazos, consejos irreverentes y promesas de mantenerse en contacto mientras ellos se perdían del mapa por unos días.
Al subir al auto que los llevaría al aeropuerto, Eva apoyó la cabeza en el hombro de Gabriel.
— ¿A dónde me llevas, eh?
— A un lugar donde no