Isadora parpadeó, atónita, con la mirada fija en el torso de Mateo antes de obligarse a girarse de espaldas como si le hubieran lanzado agua hirviendo.
—¡Yo…! ¡No estaba mirando! —soltó, con la voz más aguda de lo habitual—. ¡Y no vine a verte! Vine a… decirte algo importante, pero tú estás, ¡tú estás…!
Mateo se colocó la toalla y se cruzó de brazos, divertido.
—¿Desnudo? Sí. Suele pasar cuando uno se baña.
Isadora apretó los ojos, como si eso pudiera borrar la imagen. Le dio la espalda, no p