El silencio en la mansión Delacroix era absoluto. Anthony subió las escaleras de dos en dos, con el pulso acelerado y una extraña sensación de vacío que le provocaba escalofríos.
Él sabía que algo andaba mal. Cuando abrió la puerta de la habitación de Élodie, el vacío lo dejó desconcertado. El armario estaba entreabierto y faltaban las prendas más esenciales, el tocador que normalmente estaba lleno de frascos y joyas, le faltaba lo más valioso.
—¿Élodie? —llamó, pero su voz solo encontró el e