Isadora se movía encima de Mateo con una energía inagotable, daba saltos bruscos y se apoyaba con las manos sobre su pecho.
Cuando Mateo le sostuvo las caderas con firmeza, sintió que el mundo se desvaneció a su alrededor, no sabía que Isadora se podía mover tan bien sobre él.
La cercanía de sus cuerpos, los suspiros de Isadora y el calor compartido lo enredó en una espiral de deseo que no tenía fin.
Cada embestida los acercaba más a ese punto inevitable. Después de unos minutos, ambos se de