Isadora empujó la puerta de la habitación con calma después de despedirse de Mateo. Pudo escuchar cómo todas las sirvientas murmuraban:
—¿Con quién se habrá ido?
—¿Por qué salió de noche?
—Tal vez huyó.
El murmullo de las sirvientas se cortó de golpe. Todas le clavaron la mirada a Isadora al notar el abrigo masculino que llevaba sobre su pijama.
Una de ellas, la más atrevida, arqueó una ceja.
—¿Te acostaste con alguien, Isadora? Después de todo, sí eres una perra —se mofó.
—No sabes lo f