Isadora tragó saliva.
—Eres muy diferente a tu hermano, de verdad —murmuró—. ¿Cómo no se me ocurrió antes hacer que firmara un contrato? —Se mordió una uña.
—¿Un contrato con mi hermano? ¿Es que todavía no lo superas? —Frunció el ceño.
—¡Han pasado unos días desde lo ocurrido en el comedor! Mi pobre corazón todavía sufre, ¿sabes? —dijo, con tono dramático—. Pero eso a ti no te importa mucho, por lo que veo.
Mateo rio.
—Qué dramático eres, Isadora —se mofó, con una mano en la cintura—. Veo q