87. Ese maldito brujo...
Damián yacía inerte en la estrecha camilla improvisada, su cuerpo habitualmente fuerte y vital ahora parecía haber sido reducido a una sombra demacrada. La piel de su rostro, antes bronceada por el sol y marcada por sonrisas y alguna cicatriz de batalla, ahora era un lienzo ceniciento tensado sobre unos huesos que parecían haberse afilado de repente, resaltando la estructura de su mandíbula y pómulos de una manera inquietante. Las vetas violáceas, gruesas y oscuras, eran como enredaderas veneno