7. Nuestra manada ha estado maldita, Damian.
Damian despertó sobresaltado, con el cuerpo aún caliente por el sueño que acababa de tener. Un sueño tan real que casi podía sentir la suavidad del pelaje blanco entre sus dedos, el olor a bosque, la luna llena iluminando a su loba. La había visto, la había sentido, y ahora se desvanecía como niebla al amanecer.
El golpe insistente de unos nudillos en la puerta lo sacó abruptamente de su trance, arrancándole un gruñido frustrado.
—¡¿Qué demonios?! —farfulló, frotándose la cara con irritación.
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