23. ¿A qué debo el honor de tu visita?
Después de que los dos lobos se marcharan, Isolde se metió un rato más en la bañera. Su cuerpo estaba más relajado, pero su mente seguía atrapada en el torbellino de emociones que Damian había desatado. Sentía aún el eco de sus dedos rozando su piel, como si su toque la hubiera marcado de alguna manera, otra vez, ojalá pudiera cortarle los dedos para que no volviera a tocarla.
No. No podía permitirse ese tipo de pensamientos.
Inspiró hondo y salió del agua, envolviéndose en una bata antes de pa