Liam se quedó inmóvil tras escuchar el nombre de Agnes salir de los labios de Rosa. La incredulidad y la rabia se entrelazaron en su interior, formando un nudo en su pecho.
¿Agnes? ¿Su mujer? ¿La Luna de su manada? Era imposible, pero al mismo tiempo, no podía ignorar la certeza con la que Rosa lo había dicho.
—¿Qué estás diciendo? —gruñó Liam, su voz baja pero cargada de furia contenida—. ¡No juegues conmigo, Rosa!
Rosa, aún agitada y con el sudor resbalando por su frente, mantuvo su sonrisa