Frente a la chimenea, el calor del fuego danzaba suavemente, arrojando sombras en las paredes y envolviendo a Nolan y Alaia en una atmósfera cálida y serena.
Ambos estaban envueltos en una manta, y Alaia, con la cabeza apoyada en el hombro de Nolan, rompió el silencio que los había acompañado por un largo rato.
—¿Cómo fue todo desde que me fui? —preguntó con algo de cautela.
—Cada día hay más simpatizantes en la manada —comentó él con un tono suave, casi como si no quisiera interrumpir la paz