Sentado en la barra de madera del bar, levantando una copa tras copa con manos temblorosas, se encontraba Kiran, un hombre que alguna vez se respetó en los círculos más selectos de Turquía.
Sus ojos, antes vigilantes y astutos, ahora estaban nublados por el alcohol y el dolor que penetraba hasta lo más profundo de su alma atormentada.
La elegancia que antaño lo caracterizaba se había desvanecido como la niebla matutina ante el inclemente sol del mediodía, dejando únicamente el cascarón vacío de