14. ¡Señor, mire por dónde va!
Renata caminaba al lado de su hijo con su habitual porte de reina: elegante, altiva, inalcanzable. Sostenía el bolso con la muñeca rígida y avanzaba como si el suelo no mereciera tocar sus tacones.
— No entiendo por qué tenemos que ir caminando, Byron — protestó, esquivando una baldosa mojada con una mueca de desprecio dibujada en el rostro. — Tienes un chófer, tres coches y un compromiso con una mujer que sí sabe presentarse en sociedad. ¿Y tú? Caminando como un alma en pena por la ciudad. Y l