La mano pareció perder fuerza en su piel, por lo que él la tomó entre las suyas, besándole los nudillos con devoción.
—Quiero rosas rojas… y que me mimes mucho —la sonrisa se le escapó sin medida—. Quiero volver a ser tu mimada.
—No has dejado de serlo —se acercó despacio a su boca—. Mi niña mimada. Malcriada. Pero ciertamente… mi amor.
Melissa, luchando con los efectos de las pastillas, con el caos de sus emociones, con su propio sueño, se atrevió a abrir los ojos, encontrándose con los castañ